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12. 2018

“La deuda externa”, un mal recurrente y sin remedio

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Durante buena parte de los setenta el mundo vivió años de crédito abundante y barato que estaban al alcance de cualquier economía. El dinero provenía principalmente de los países petroleros, beneficiados por el alza de los precios internacionales del crudo luego de la “crisis del petróleo”, el aumento de su capacidad de negociación mediante la creación de organismos multilaterales como la OPEP y la dependencia de las economías a este recurso.

El crédito fluyó desde los bancos hacia las economías emergentes. Los países latinoamericanos -gobernados en su gran mayoría por dictaduras militares- recibieron esto como una bendición y comenzaron a endeudarse fuertemente.

Cuando a comienzos de la década de 1980 el grifo de dinero se cortó, los intereses comenzaron a dispararse y el dinero recibido en el pasado, mal utilizado, se convirtió en una carga pesada para la mayoría de los países subdesarrollados, en donde se desataron “crisis de deuda”, término utilizado para referirse a las situaciones en que un país no es capaz de afrontar las deudas contraídas y no puede conseguir en el exterior nuevos préstamos a tasas razonables,  lo que termina arrastrándolo a una dura recesión.

Los ochenta son conocidos como “la década perdida” de las economías latinoamericanas,  el producto se estancó y para complicar más las cosas el precio internacional de la mayoría de los commodities se mantuvo relativamente bajo durante el período. Recién a fines de la década, con el triunfo de Estados Unidos en la Guerra Fría y el reacomodamiento mundial ocurrido durante los noventa, la situación pareció reacomodarse.

Sin embargo, esta recuperación se logró gracias a que los créditos internacionales habían vuelto a hacerse accesibles para los países emergentes. Nuevamente México afrontó inconvenientes con su deuda y realizó una fuerte devaluación. Esto aumentó el riesgo de que otros países tomaran decisiones similares. La crisis del “tequila” es la primera de varias que marcan el fin del  siglo, la de los países asiáticos, la del “Vodka”,  y el efecto “Samba” (en Brasil) y “Tango” (en Argentina), mostraron nuevamente los problemas derivados de la fuerte dependencia respecto de créditos externos provenientes de la especulación financiera, acompañados de malas planificaciones de política interna, que a su vez eran respaldadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Basta con observar de cerca el caso griego, que tiene algunas similitudes a lo que pasó en Argentina a fines de los años noventa, cuando el país se ató a un tipo de cambio fijo más alto que el que le permitiría a su economía ser  competitiva con otros países y se abrazó gustosa a los préstamos para financiar su gastos cada vez mayores. Luego de  2009, el mundo empezó a tener más reparos con los países europeos y Grecia entró en una profunda crisis, la economía no competitiva se resintió y el gobierno fue obligado a llevar una política de austeridad que sólo profundizó la recesión.

Las alternativas que Grecia enfrenta son dos: o el resto de Europa decide sostenerla, haciéndose cargo de parte de la deuda (vía una restructuración que incluya un fuerte ajuste) o el país abandona el bloque europeo, recupera la libertad monetaria e inicia una política expansiva de tipo keynesiana que reactive su economía. Pero esta novela que afecta a la economía global y pone en la mira a la implacable Alemania, promete poner a prueba a todos los líderes mundiales, principalmente europeos, dado que deberán optar por el más grande dilema del siglo 21: “globalización o nacionalismo”.

Las crisis de deuda son un problema en las economías modernas y en los últimos treinta años se han vuelto moneda común en todo el mundo, donde los Estados poseen niveles de endeudamiento cada vez mayores.

El panorama se agrava para los países que no pueden afrontar sus pagos por la falta de normativas internacionales de las cuales valerse para renegociar deudas. Esto quedó claro en la experiencia Argentina.

La lógica de los mercados hace que los países emitan deuda, aceptando la jurisdicción de otro país (normalmente Estados Unidos o Inglaterra) para poder hacer la colocación de la misma quedando a disposición, ante eventuales reclamos, de los jueces que tengan competencia en ese lugar.

La Argentina en 2001, en medio de una crisis económica e institucional -en la que se tuvieron cinco presidentes en una semana-, declaró el default. Tras varios años de renegociación, entre 2005 y 2010, se logró que el 91% de los tenedores de deuda  aceptaran una quita y el aplazamiento de los vencimientos.

El 9% restante –los llamados holdouts, bonistas que no aceptaron las nuevas condiciones ofrecidas- siguió reclamando al país el pago de los bonos en las mismas condiciones en que fueron emitidos.  Gran parte de estos tenedores son los conocidos en el mundo de las finanzas como “fondos buitres”, capitales que se dedican a comprar bonos de economías en problemas en los momentos que sus cotizaciones se desploman y  luego reclaman  la cancelación de los mismos por cifras superiores a las que adquirieron estas obligaciones. Hace un par de años el juez de Nueva York, Thomas Griesa, dio por válido el reclamo de un sector de estos holdouts y con esta decisión puso en jaque toda la renegociación de la deuda Argentina prolongando el aislamiento del país de los mercados internacionales de crédito, que solo parece aceptar más endeudamiento a cambio de financiamiento, pero con beneficios muy ventajosos para los especuladores financieros internacionales, que entre otras cosas tienen socios invisibles operando en los sistemas financieros formales como parte de una estrategia cuasi infalible.

Pero la medida de Griesa es una pésima señal para el futuro de los mercados financieros, ya que puede volver inviable una restructuración de deuda aceptada por la gran mayoría de los interesados y hace flaquear la soberanía de un país que se mostró dispuesto a negociar con sus deudores.

La falta de un marco claro para asegurar procesos de renegociación que son exitosos(como el argentino, aceptado por la porción mayoritaria de los tenedores) es una alarma para los próximos años, en donde más de un país puede llegar a enfrentar problemas, debido a las deudas contraídas  en estos años con bajas tasas de interés aparente, dado que cuando las crisis asoman, los tenedores de bonos volverán a entregar sus derechos de cobro de deuda a nuestro viejos conocidos y al parecer muy insaciables “Fondos Buitres”.

Fuente: Diego Rolando Flores - Eccoplus